Juliana Barberi1 | Juan Camilo Jaramillo2
La idea de territorio es tan compleja como las disciplinas e interpretaciones existen. Lo que concebimos como territorio es el resultado de significado, poder y espacio social (Delaney, 2019). Sin embargo, las construcciones humanas del territorio suelen excluir a los demás animales. Aunque la biología considera que las demás especies también tienen su territorio, este no es el mismo que el del ser humano, reforzando la dicotomía humano-animal.
La asignación de territorios de distribución a las especies limita nuestra visión de la dinámica natural. En términos generales, el movimiento de las especies dentro y fuera de los ecosistemas ha sido la norma, no solo a escala geológica — como en la deriva continental— sino a escala humana. Diferentes fenómenos han favorecido el intercambio biológico, incluso entre continentes, en poco tiempo y sin que haya mediado la acción humana (Black, 2020).
Por eso resulta paradójico que, desde nuestra perspectiva humana —temporalmente corta—, le asignemos valor a la (no) pertenencia de las especies a un territorio. Esa visión genera discriminación y medidas violentas, como el exterminio, con el fin de conservar ecosistemas y territorios supuestamente prístinos o puros —como si esa tal fuera alcanzable—, eliminando a los llamados “invasores”.
Esta discriminación, que hemos denominado bioxenofobia, hace parte del sesgo ideológico de la biología de la conservación tradicional, basada en una visión anacrónica y supremacista que percibe la naturaleza únicamente como una despensa proveedora de servicios ecosistémicos y valor económico, pretendiendo sostener idearios del paisaje, exterminando lo que no pertenece.
Sin embargo, una creciente corriente con autores como Mark Bekoff (2013), Clifford Warwick (2025), Fred Pearce (2015), Ken Thompson (2014), Emma Marris (2011), entre otros, ha empezado a cuestionar el dogma de las “especies invasoras”, reconociendo que la violencia hacia la naturaleza no resolverá el colapso ecológico y que los territorios puros, inamovibles e invariables no existen.
Bioxenofobia: discriminando al que “no es de aquí”
Tras la publicación del libro del ecólogo británico Charles Elton (1958), The Ecology of Invasions by Animals and Plants, la biología de la conservación estableció el dogma de juzgar a las especies por su origen. Solo en la década de los noventa la biología de la invasión se consolidó como disciplina y desde entonces ha estado plagada por malentendidos, conceptos imprecisos o poco estudiados, percepciones personales, sesgo científico y un lenguaje particularmente militarista, lleno de metáforas exageradas que han contribuido a demonizar a las especies introducidas en ecosistemas ajenos.
El dogma de pertenencia ha convertido en chivos expiatorios a todas las especies introducidas, sin evidencia clara de que representen un gran problema. Aunque en algunos casos ciertas especies translocadas generan impactos negativos, la histeria colectiva sobre esos daños está basada en percepciones personales injustificadas y en datos insuficientes.
Se sabe ahora que, de cada cien especies introducidas, noventa son inocuas y desaparecen rápidamente, nueve tienen impactos ecológicos positivos o neutros, y solo una causa daños a la biodiversidad local (Pearce, 2015). Sin embargo, la mayoría de los investigadores se enfocan en ese 1 % (Warren et al., 2017). Al ser estas últimas desproporcionadamente estudiadas, las instituciones de conservación tienden a considerar peligrosa a cualquier especie introducida y recomiendan su exterminio o erradicación, sin evaluar los posibles impactos positivos o neutrales que presenten en los ecosistemas.
No obstante, si una especie introducida representa utilidad económica para los humanos, es perdonada y retirada de las listas rojas. Esto ha ocurrido con especies utilizadas/explotadas/asesinadas para ser parte del sistema alimentario dominante como las truchas y las tilapias. Contradictoriamente, y desde una posición netamente especista y antropocéntrica, el gobierno colombiano las declaró a través de la Resolución 2287 de 2015 como especies domesticadas —aunque en gran parte del mundo se consideran invasoras–, únicamente con el fin de convertirlas en objetos comercializables que favorecen de la economía.
Cuando los estudios sobre los impactos de las especies introducidas no confirman los efectos negativos esperados, a menudo no se publican o se descartan las interacciones positivas (Pyšek et al., 2008). Además, el impacto esperado determina en gran medida si una especie será estudiada o no, porque esa es la hipótesis que se pone a prueba. Esto sesga los resultados desde la formulación propia de las preguntas, convirtiendo parte de la biología de las invasiones en la base de la creación de mitos científicos (Pearce, 2015).
Los conservacionistas tradicionales han declarado enemigas comunes a las especies introducidas. Para “proteger” los ecosistemas matan, cazan, envenenan, queman, usan motosierras o introducen otras especies para controlar a las llamadas invasoras. Se priorizan dos objetivos: salvar lo que se considera nativo y restablecer los ecosistemas a su estado original. Pero ¿cuándo es antes? Ambas cosas son imposibles. Lo que sí es claro es que entre más destruimos el planeta, más necesitaremos de los organismos y ecosistemas novedosos que logran sobrevivir.
Además, ser nativo no es un signo de aptitud evolutiva o de que la especie sea positiva para un ecosistema. Las especies no solo se organizan a través de la coevolución, sino también mediante otros mecanismos, como el ajuste ecológico (ecological fitting), que explica mejor esas relaciones interespecíficas (Janzen, 1985). Este concepto describe cómo las especies se adaptan mutuamente a nuevos entornos, recursos o interacciones, y puede ser el origen de la actual diversidad evolutiva. Según Janzen, quizás exista más ajuste ecológico que coevolución en la naturaleza. Pertenecer o no a un lugar no determina realmente el papel que cada especie cumple en los ecosistemas.
Ecosistemas puros, sin invasores
Rechazar o generar antagonismo y odio hacia seres humanos de otros países es una manifestación de xenofobia, que otorga mayor valor a lo nacional que a lo extranjero y establece divisiones entre lo propio y lo ajeno (Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, 2022). Esta división discrimina todo lo considerado raro y establece que solo quienes pertenecen a lo nacional pueden acceder a derechos, mientras el extranjero representa un peligro o amenaza para el país (Rodríguez et al., 2020).
La bioxenofobia se manifiesta del mismo modo: se resaltan las diferencias, se construyen discursos de odio y se promueve la expulsión y el exterminio. En la xenofobia, la amenaza proviene del extranjero —pobre y racializado— porque acapara los empleos, o del extranjero —poderoso— porque “domina” a los locales (Rodríguez et al., 2020). En la bioxenofobia, las especies son señaladas de ser destructoras de los ecosistemas, perjudiciales para la economía o peligrosas para los seres humanos y las especies de las que nos beneficiamos.
Los discursos xenófobos y bioxenófobos, basados en el miedo y el odio (hate speech), cumplen un papel predominante en la promoción de la violencia contra grupos específicos —otros humanos u otros animales—. Según el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación – CONAPRED (2022), existen seis aspectos para reconocer un discurso de odio: 1) el contexto social y político de la expresión; 2) las características de quien lo emite, 3) la intención (incitación contra un grupo determinado), 4) el contenido del discurso, 5) su alcance y magnitud, y 6) la probabilidad de provocar daño. Además, el CONAPRED indica que en los discursos de odio se sustentan «datos falsos, argumentación equivocada, lenguaje que provoca división y metáforas deshumanizadoras».




Imagen 1. Discursos de odio bioxenófobos en Twitter. Capturas de pantalla tomadas por los autores.
La xenofobia es ampliamente rechazada porque, al ser los humanos los sujetos de rechazo y discriminación, es probable que haya —por lo menos en los estados de derecho contemporáneos— un ordenamiento jurídico que proteja sus intereses. Sin embargo, la bioxenofobia se justifica de diversas maneras y no se considera como algo reprochable en la ciencia, de hecho, es promueve activamente como herramienta de conservación.
Se rechaza y señala a las especies por no ser «nuestras», por no ser nativas, por no pertenecer aquí o por no brindar beneficios directos para los humanos. Pero ese rechazo está basado en un dogma más que en evidencias irrefutables del daño que pueden representar en los ecosistemas locales.
No hay hábitats prístinos a los cuales devolverse
En una entrevista realizada para el portal de la Universidad de Arizona (Seckel, 2024), Matthew Chew expresa: «¿Cuál es el estado prístino de un ecosistema? ¿Fue hace 200 años? ¿500 años? ¿10.000 años?». ¿Y quién lo determina? ¿Cuál es la línea base que se toma como referencia para ilustrar cómo debería verse y funcionar un ecosistema?
Decretar el exterminio de animales o plantas para regresar a los ecosistemas a estados prístinos o puros no es más que una falacia. No hay hábitats prístinos e idealizados a los cuales ‘devolverse’, y excepto en contados casos, entre más especies introducidas, más nativas hay (Davis, 2009). Además, entre más especies haya nativas o no, más resistencia biótica tienen los ecosistemas (Pearce, 2015).
La actividad humana es la principal causa de pérdida de biodiversidad y deterioro ambiental (Isbell, 2010). Los animales pierden sus hábitats, sus fuentes de alimento y de agua, mientras los seres humanos empeoramos cada vez más la situación: calentamos el planeta, desplazamos especies, domesticamos y exterminamos plantas y animales, y entonces culpamos y castigamos a los que logran sobrevivir. Todos los lugares del planeta sufren algún tipo de intervención humana.
Los nuevos ecosistemas «representan las tierras salvajes del futuro, la respuesta autoorganizada de la naturaleza a los impactos antropogénicos» (Christoph Kueffer, en Pearce 2015). Dado que nuestras acciones han alterado de forma irreversible todos los ecosistemas, tenemos la obligación y la responsabilidad de ser guardianes del caos resultante.
El humano espera que la naturaleza se comporte como una colección biológica y destruimos todo aquello que se salga de esa imagen, en lugar de aceptar nuestra culpa y generar los cambios necesarios para disminuir la velocidad del colapso civilizatorio. En vez de imaginar una naturaleza prístina, debemos aprovechar la capacidad de adaptación de las especies y su dinamismo para el reflorecimiento de la diversidad biológica.
Referencias
Bekoff, M. (2013). Ignoring Nature No More. University of Chicago Press. https://doi.org/10.7208/chicago/9780226925363.001.0001
Black, R. (2020). More Than 30 Million Years Ago, Monkeys Rafted Across the Atlantic to South America. Smithsonian Magazine. https://www.smithsonianmag.com/science-nature/monkeys-raft-across-atlantic-twice-180974637/
Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación. (2022). Guía para la Acción Pública | Comunicación sin xenofobia. Recomendaciones para medios y redes sociales.
Davis, M. A. (2009). Invasion Biology. https://global.oup.com/academic/product/invasion-biology-9780199218769?cc=co&lang=en&
Delaney, D. (2019). Territory and Territoriality. International Encyclopedia of Human Geography, Second Edition, 219–231. https://doi.org/10.1016/B978-0-08-102295-5.10996-5
Elton, C. S. (1958). The ecology of invasions by animals and plants. Methuen. https://press.uchicago.edu/ucp/books/book/chicago/E/bo3614808.html
Isbell, F. (2010). Causes and Consequences of Biodiversity Declines. Nature Education Knowledge. https://www.nature.com/scitable/knowledge/library/causes-and-consequences-of-biodiversity-declines-16132475
Janzen, D. H. (1985). On ecological fitting. Oikos, 45(3), 308–310. http://www.jstor.org/stable/3565565
Marris, E. (2011). Rambunctious garden. Saving nature in a post-wild world. In Bloomsbury USA. Bloomsbury USA.
Pyšek, P., Richardson, D. M., Pergl, J., Jarošík, V., Sixtová, Z., & Weber, E. (2008). Geographical and taxonomic biases in invasion ecology. Trends in Ecology and Evolution, 23(5). https://doi.org/10.1016/j.tree.2008.02.002
Rodríguez, J., Morales, D., Gall, O., & Iturriaga, E. (2020). Reflexiones didácticas en torno al racismo y a la xenofobia en México ¿Qué es y cómo se manifiesta la xenofobia?
Seckel, S. (2024, diciembre 30). Do species really “invade”? | ASU News. ASU News. https://news.asu.edu/20211203-solutions-do-species-really-invade
Thompson, Ken. (2014). Where Do Camels Belong?
Warren, R. J., King, J. R., Tarsa, C., Haas, B., & Henderson, J. (2017). A systematic review of context bias in invasion biology. PLoS ONE, 12(8). https://doi.org/10.1371/journal.pone.0182502
Warwick, C. (2025, June 10). Welfare of invasive species and where the fault lies – Veterinary Practice. Improve Veterinary Practice. https://www.veterinary-practice.com/article/welfare-of-invasive-species-and-where-the-fault-lies
- Ingeniera biomédica, MSc en Desarrollo Sostenible. Corporación Red de Ayuda a los Animales – RAYA | Universidad de Antioquia, Facultad de Derecho y Ciencias Políticas | Instituto Tecnológico Metropolitano | direccion@corporacionraya.org.
↩︎ - Biólogo marino, MSc en Ciencias del Mar. Corporación Red de Ayuda a los Animales – RAYA | Boston Architectural College | Liberal Studies and Landscape Architecture | juancamilo.jaramillo@gmail.com. ↩︎

